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Monseñor Fernando Sebastián: "En un Papa, lo decisivo no es
el hombre sino la misión que ha recibido y la docilidad con que se entregue a
ella" |
22/04/2005 12:54 |
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En su carta de esta semana sale al paso de las críticas vertidas
sobre el nuevo Papa |
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Pamplona |
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Benedicto XVI no está para
«ser servido sino para servir»
En su primera audiencia, concedida a los cardenales
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 22 abril 2005 (ZENIT.org).- Benedicto XVI recalcó en su
primera audiencia el espíritu que ha caracterizado su pontificado desde sus
primeros instantes: el servicio, la entrega, y la sencillez.
El nuevo obispo de Roma reveló los sentimientos con los que está afrontando
estos momentos al recibir a los cardenales presentes en Roma, electores y no
electores, a quienes dejó una consigna muy precisa: «¡Por favor, no dejéis de
apoyarme!».
«Si por una parte soy consciente de los límites de mi persona y de mis
capacidades, por otra conozco bien la naturaleza de la misión que se me ha
confiado y que me preparo a desempeñar con actitud de entrega interior»,
reconoció el Santo Padre.
«Aquí no se trata de honores, sino más bien de un servicio que hay que
desempeñar con sencillez y disponibilidad, imitando a nuestro Maestro y Señor,
que no vino a ser servido sino a servir, y que en la Última Cena lavó los pies
de los apóstoles pidiéndoles que hicieran los mismo», explicó.
«No nos queda más --a mí y a todos nosotros juntos-- que aceptar de la
Providencia la voluntad de Dios y hacer todo lo que podamos para corresponder a
ella, ayudándonos mutuamente en el cumplimiento de las respectivas tareas al
servicio de la Iglesia», invitó.
La palabra más repetida en el discurso fue «gratitud». Ante todo a Dios, «que
me ha elegido, a pesar de mi fragilidad humana, como sucesor del apóstol Pedro,
y me ha confiado la tarea de regir y guiar a la Iglesia, para que sea en el
mundo sacramento de unidad para todo el género humano».
Gratitud, a continuación, al resto de los creyentes. «En estos días se ha
elevado la oración conjunta del pueblo cristiano por el nuevo pontífice y fue
realmente emocionante el primer encuentro con los fieles, el martes pasado por
la tarde, en la plaza de San Pedro», reconoció.
«Que llegue a todos --pidió--, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas,
jóvenes y ancianos, mi más sentido agradecimiento por esta solidaridad
espiritual».
Por último, manifestó su agradecimiento a los cardenales «por la confianza que
me habéis depositado al elegirme obispo de Roma y pastor de la Iglesia
universal»
El Papa recordó también a sus predecesores, desde el beato Juan XXIII, pasando
por Pablo VI y Juan Pablo I, hasta llegar a Juan Pablo II, «cuya presencia
seguimos experimentando vivamente».
«La luz y la fuerza de Cristo resucitado se irradiaron en la Iglesia a partir
de aquella especie de "última Misa" que celebró en su agonía,
culminada en el "amén" de una vida totalmente entregada, por medio
del Corazón Inmaculado de María, para la salvación del mundo», recordó.
Como Karol Wojtyla, también el nuevo Papa concluyó encomendándose y
encomendando a los cardenales y a todas las comunidades cristianas a nuestro
Señor Jesucristo, a través de «la maternal protección de María, Madre de la
Iglesia».
En nombre de los cardenales, saludó al Papa en la audiencia el cardenal Angelo
Sodano, quien fue nombrado de nuevo este jueves secretario de Estado de Su
Santidad, para garantizar al nuevo pontífice «toda nuestra devoción, nuestra
colaboración total y nuestro afecto fraterno en Cristo Jesús».
El purpurado italiano expresó sus deseos para la Iglesia católica en este
pontificado que comienza con una imagen tomada del teólogo italiano de origen y
alemán de adopción, Romano Guardini (1885-1968), quien veía en los árboles de
haya «algo de benedictino: algo de vigoroso y de manso al mismo tiempo», decía
el teólogo.
«Que el Señor le conceda, Padre Santo, imitar la obra de san Benito por el bien
de la Iglesia y del mundo», concluyó
Discurso
del Papa Benedicto XVI a los cardenales
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 22 abril 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que
dirigió este viernes el Papa Benedicto XVI al recibir en audiencia a los
cardenales presentes en Roma.
* * *
¡Venerados hermanos cardenales!
1. Me vuelvo a encontrar hoy con vosotros y quiera compartir de manera sencilla
y fraterna el estado de ánimo que estoy viviendo en estos días. A las intensas
emociones experimentadas con motivo de la muerte de mi venerado predecesor,
Juan Pablo II, y después durante el cónclave y sobre todo en su epílogo se unen
una íntima necesidad de silencio y un vivo deseo del corazón de dar gracias y
un sentido de impotencia humana ante la gran tarea que me espera.
Ante todo la gratitud. Siento, en primer lugar, el deber de dar gracias a Dios,
que me ha elegido, a pesar de mi fragilidad humana, como sucesor del apóstol
Pedro, y me ha confiado la tarea de regir y guiar a la Iglesia, para que sea en
el mundo sacramento de unidad para todo el género humano (Cf. «Lumen gentium»,
1). Estamos seguros, el Pastor eterno guía con la fuerza de su Espíritu a su
grey, ofreciéndole, en cada momento, pastores elegidos por Él. En estos días se
ha elevado la oración conjunta del pueblo cristiano por el nuevo pontífice y
fue realmente emocionante el primer encuentro con los fieles, el martes pasado
por la tarde, en la plaza de San Pedro: que llegue a todos, obispos,
sacerdotes, religiosos, religiosas, jóvenes y ancianos, mi más sentido
agradecimiento por esta solidaridad espiritual.
2. Siento el deber de dirigir un vivo agradecimiento a cada uno de vosotros,
venerados hermanos, comenzando por el señor cardenal Angelo Sodano quien, al
hacerse portavoz de los sentimientos de todos, me acaba de dirigir sus
afectuosos y cordiales deseos. Junto a él, doy las gracias al señor cardenal
camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, por el servicio que ha ofrecido con
generosidad en esta delicada frase de transición.
Deseo extender, además, mi sincero reconocimiento a todos los miembros del
Colegio cardenalicio por la colaboración activa que han ofrecido a la gestión
de la Iglesia durante la Sede vacante. Con particular afecto, quisiera saludar
a los cardenales que por motivos de edad o enfermedad no han podido participar
en el cónclave. A cada uno les doy las gracias por el ejemplo que han dado de
disponibilidad y de comunión fraterna, así como por su intensa oración,
expresiones ambas de amor fiel a la Iglesia, esposa de Cristo.
No puedo dejar de expresar un sentido agradecimiento a quienes, con diferentes
tareas, han cooperado en la organización y el desarrollo del cónclave, ayudando
de muchas maneras a los cardenales a transcurrir de la manera más segura y
tranquila estas jornadas de gran responsabilidad.
3. Venerados hermanos, os dirijo mi más personal agradecimiento por la
confianza que me habéis depositado al elegirme obispo de Roma y pastor de la
Iglesia universal. Es un acto de confianza que constituye un aliento a
emprender esta nueva misión con más serenidad, pues estoy convencido de poder
contar con la indispensable ayuda de Dios, así como con vuestra generosa
colaboración. ¡Por favor, no dejéis de apoyarme! Si por una parte soy consciente
de los límites de mi persona y de mis capacidades, por otra conozco bien la
naturaleza de la misión que se me ha confiado y que me preparo a desempeñar con
actitud de entrega interior. Aquí no se trata de honores, sino más bien de un
servicio que hay que desempeñar con sencillez y disponibilidad, imitando a
nuestro Maestro y Señor, que no vino a ser servido sino a servir (Cf. Mateo 20,
28), y que en la Última Cena lavó los pies de los apóstoles pidiéndoles que
hicieran los mismo (Cf. Juan 13, 13-14). No nos queda más --a mí y a todos
nosotros juntos-- que aceptar de la Providencia la voluntad de Dios y hacer
todo lo que podamos para corresponder a ella, ayudándonos mutuamente en el
cumplimiento de las respectivas tareas al servicio de la Iglesia.
4. En este momento, quisiera recordar a mis venerados predecesores, el beato
Juan XXIII, los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo I y especialmente Juan
Pablo II, cuyo testimonio en los días pasados, nos ha apoyado más que nunca y
cuya presencia seguimos experimentando vivamente. El doloroso acontecimiento de
su muerte, después de un período de grandes pruebas y sufrimientos, ha
manifestado en realidad características pascuales, como él había deseado en su
Testamento (24.II - 1.III.1980). La luz y la fuerza de Cristo resucitado se
irradiaron en la Iglesia a partir de aquella especie de «última Misa» que
celebró en su agonía, culminada en el «amén» de una vida totalmente entregada,
por medio del Corazón Inmaculado de María, para la salvación del mundo.
5. ¡Venerados hermanos! Cada uno regresará ahora a su respectiva Sede para
reanudar su trabajo, pero espiritualmente permaneceremos unidos en la fe y en
el amor del Señor, en el vínculo de la celebración eucarística, en la oración
insistente, compartiendo el cotidiano ministerio apostólico. Vuestra espiritual
cercanía, vuestros iluminados consejos y vuestra cooperación concreta serán
para mí un don del que siempre estaré agradecido y un estímulo para cumplir el
mandato que me ha sido confiado con total fidelidad y entrega.
A la Virgen, Madre de Dios, que acompañó con su silenciosa presencia los pasos
de la Iglesia naciente y confortó la fe de los apóstoles, encomiendo a todos
nosotros así como las expectativas, las esperanzas y las preocupaciones de toda
la comunidad de los cristianos. Os invito a caminar con docilidad y obediencia
a la voz de su Hijo divino, nuestro Señor Jesucristo, bajo la maternal
protección de María, «Mater Ecclesiae». Invocando su constante asistencia,
imparto de corazón la bendición apostólica a cada uno de vosotros y a cuantos
la Providencia divina confía a vuestras atenciones pastorales.
[Traducción del original italiano realizada por Zenit]
ZS05042201.
Homilía
de Benedicto XVI en la misa de inicio oficial de su pontificado
«¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo»
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 24 abril 2005 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía
pronunciada por el Papa Benedicto XVI este domingo en la misa que celebró con
motivo del inicio oficial de su ministerio como obispo de Roma, en la plaza de
San Pedro del Vaticano.
* * *
Señor cardenales,
venerables hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
distinguidas autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,
queridos hermanos y hermanas:
Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de las
letanías de los santos: durante los funerales de nuestro Santo Padre Juan Pablo
II; con ocasión de la entrada de los cardenales en cónclave, y también hoy,
cuando las hemos cantado de nuevo con la invocación: «Tu illum adiuva», asiste
al nuevo sucesor de San Pedro. He oído este canto orante cada vez de un modo
completamente singular, como un gran consuelo. ¡Cómo nos hemos sentido abandonados
tras el fallecimiento de Juan Pablo II! El Papa que durante 26 años ha sido
nuestro pastor y guía en el camino a través de nuestros tiempos. Él cruzó el
umbral hacia la otra vida, entrando en el misterio de Dios. Pero no dio este
paso en solitario. Quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni
tampoco en la muerte. En aquellos momentos hemos podido invocar a los santos de
todos los siglos, sus amigos, sus hermanos en la fe, sabiendo que serían el
cortejo viviente que lo acompañaría en el más allá, hasta la gloria de Dios.
Nosotros sabíamos que allí se esperaba su llegada. Ahora sabemos que él está
entre los suyos y se encuentra realmente en su casa. Hemos sido consolados de
nuevo realizando la solemne entrada en cónclave para elegir al que Dios había
escogido. ¿Cómo podíamos reconocer su nombre? ¿Cómo 115 Obispos, procedentes de
todas las culturas y países, podían encontrar a quien Dios quería otorgar la
misión de atar y desatar? Una vez más, lo sabíamos; sabíamos que no estamos
solos, que estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios. Y
ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios, he de asumir este cometido
inaudito, que supera realmente toda capacidad humana. ¿Cómo puedo hacerlo?
¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo? Todos vosotros, queridos amigos, acabáis
de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los
grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo,
también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo
solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los
santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos
amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En
efecto, a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que
nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad
de los santos; nosotros, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de
Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes a sí
mismo. Sí, la Iglesia está viva; ésta es la maravillosa experiencia de estos
días. Precisamente en los tristes días de la enfermedad y la muerte del Papa,
algo se ha manifestado de modo maravilloso ante nuestros ojos: que la Iglesia
está viva. Y la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma el futuro del mundo y,
por tanto, indica también a cada uno de nosotros la vía hacia el futuro. La Iglesia
está viva y nosotros lo vemos: experimentamos la alegría que el Resucitado ha
prometido a los suyos. La Iglesia está viva; está viva porque Cristo está vivo,
porque él ha resucitado verdaderamente. En el dolor que aparecía en el rostro
del Santo Padre en los días de Pascua, hemos contemplado el misterio de la
pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo sus heridas. Pero en todos estos días
también hemos podido tocar, en un sentido profundo, al Resucitado. Hemos podido
experimentar la alegría que él ha prometido, después de un breve tiempo de
oscuridad, como fruto de su resurrección.
La Iglesia está viva: de este modo os saludo con gran gozo y gratitud a todos
vosotros que estáis aquí reunidos, venerables hermanos cardenales y obispos,
queridos sacerdotes, diáconos, agentes de pastoral y catequistas. Os saludo a
vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de
Dios. Os saludo a vosotros, fieles laicos, inmersos en el gran campo de la
construcción del Reino de Dios que se expande en el mundo, en cualquier
manifestación de la vida. El saludo se llena de afecto al dirigirlo también a
todos los que, renacidos en el sacramento del Bautismo, aún no están en plena
comunión con nosotros; y a vosotros, hermanos del pueblo hebreo, al que estamos
estrechamente unidos por un gran patrimonio espiritual común, que hunde sus
raíces en las irrevocables promesas de Dios. Pienso, en fin --casi como una
onda que se expande-- en todos los hombres de nuestro tiempo, creyente y no
creyentes.
¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de
gobierno. Algún rasgo de lo que considero mi tarea, lo he podido exponer ya en
mi mensaje del miércoles, 20 de abril; no faltarán otras ocasiones para
hacerlo. Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir
mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la
palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que
sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En
lugar de exponer un programa, desearía más bien intentar comentar simplemente
los dos signos con los que se representa litúrgicamente el inicio del
Ministerio Petrino; ambos signos reflejan también exactamente lo que se ha
proclamado en las lecturas de hoy.
El primer signo es el palio, tejido de lana pura, que se me pone sobre los
hombros. Este signo antiquísimo, que los obispos de Roma llevan desde el siglo
IV, puede ser considerado como una imagen del yugo de Cristo, que el obispo de
esta ciudad, el siervo de los siervos de Dios, toma sobre sus hombros. El yugo
de Dios es la voluntad de Dios que nosotros acogemos. Y esta voluntad no es un
peso exterior, que nos oprime y nos priva de la libertad. Conocer lo que Dios
quiere, conocer cuál es el camino de la vida, era la alegría de Israel, su gran
privilegio. Ésta es también nuestra alegría: la voluntad de Dios, en vez de
alejarnos de nuestra propia identidad, nos purifica --quizás a veces de manera
dolorosa-- y nos hace volver de este modo a nosotros mismos. Y así, no servimos
solamente Él, sino también a la salvación de todo el mundo, de toda la
historia. En realidad, el simbolismo del Palio es más concreto aún: la lana de
cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a
cuestas para conducirla a las aguas de la vida. La parábola de la oveja
perdida, que el pastor busca en el desierto, fue para los Padres de la Iglesia
una imagen del misterio de Cristo y de la Iglesia. La humanidad --todos
nosotros-- es la oveja descarriada en el desierto que ya no puede encontrar la
senda. El Hijo de Dios no consiente que ocurra esto; no puede abandonar la
humanidad a una situación tan miserable. Se alza en pie, abandona la gloria del
cielo, para ir en busca de la oveja e ir tras ella, incluso hasta la cruz. La
pone sobre sus hombros, carga con nuestra humanidad, nos lleva a nosotros
mismos, pues Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio
indica en primer lugar que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo
tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el símbolo de
la misión del pastor del que hablan la segunda lectura y el Evangelio de hoy.
La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él
que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el
desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del
abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la
oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la
dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el
mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros
de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que
todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la
destrucción. La Iglesia en su conjunto, así como sus Pastores, han de ponerse
en camino como Cristo para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al
lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquél que nos da
la vida, y la vida en plenitud. El símbolo del cordero tiene todavía otro
aspecto. Era costumbre en el antiguo Oriente que los reyes se llamaran a sí
mismos pastores de su pueblo. Era una imagen de su poder, una imagen cínica:
para ellos, los pueblos eran como ovejas de las que el pastor podía disponer a
su agrado. Por el contrario, el pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se
ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que
son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero
pastor: «Yo soy el buen pastor [...]. Yo doy mi vida por las ovejas», dice
Jesús de sí mismo (Juan 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor.
Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que
Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara
un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la
destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la
humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos
necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el
mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es
redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los
hombres.
Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres
que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. «Apacienta
mis ovejas», dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar
quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar
significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios,
de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el
Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad
por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que
aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a
cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para
que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el
Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros.
El segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del
Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a
ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de
una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin
éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda
volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían
fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, «aunque eran tantos, no se
rompió la red» (Juan 21, 11). Este relato al final del camino terrenal de Jesús
con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los
discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús
invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro,
dio aquella admirable respuesta: «Maestro, por tu palabra echaré las redes». Se
le confió entonces la misión: «No temas, desde ahora serás pescador de hombres»
(Lucas 5, 1.11). También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los
apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para
conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la
vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a
esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua,
resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para
convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres
ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del
sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del
Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la
luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de
pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar
salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz
de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres.
Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando
encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el
producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto
de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado,
cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados,
sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y
comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de
hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en
definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer
su entrada en el mundo.
Quisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del pastor como en
la del pescador, emerge de manera muy explícita la llamada a la unidad. «Tengo,
además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que
traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor» (Juan 10,
16), dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153
peces grandes termina con la gozosa constatación: «Y aunque eran tantos, no se
rompió la red» (Juan 21, 11). ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto,
quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos
por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el
camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en la
oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate de lo que prometiste.
¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu
red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!
En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa
Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y
continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: «¡No temáis!
¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». El Papa
hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de
que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y
hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado
algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la
arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la
libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa.
Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso
no tenemos todos de algún modo miedo – si dejamos entrar a Cristo totalmente
dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él –, miedo de que él pueda
quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo
grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de
encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía
el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada
--absolutamente nada-- de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo
con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se
abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con
esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera,
con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida
personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de
Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por
uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la
verdadera vida. Amén.
[Traducción distribuida por la Sala de Prensa de la Santa Sede]
ZS05042402
ABC
¿TRANSICIÓN?
Por
VÍCTOR CORTIZO Abogado y periodista. Dpto. de Juventud. Conferencia Episcopal
Española/
¿Quién
dice ahora que este va a ser un Papado de transición? Apenas han pasado unos
días desde que en la plaza de San Pedro presenciamos la primera aparición
pública de Benedicto XVI, un par de homilías, y alguna visita a su antigua
residencia, y ya somos conscientes de estar ante un nuevo tiempo en la Iglesia.
La bella homilía de la misa de inauguración del pontificado, ha estado por
encima de lo esperado y ha mostrado de forma visible el corazón de quien se
pone al servicio de todos, pidiéndonos desde ahora nuestra indulgencia, nuestro
amor, nuestra fe y nuestra esperanza.
En pocos días, estamos descubriendo a ese gran desconocido que era el cardenal
Ratzinger, abriendo paso a Benedicto XVI, un Papa que recoge el legado de Juan
Pablo II, pero que también nos va a demostrar que tiene su propia impronta.
La muerte de Juan Pablo II ha recordado a muchos
la vitalidad de la Iglesia, y también los grandes retos a los que se
enfrenta en este siglo. Y cuando Benedicto XVI dice que la Iglesia es joven,
añade que lleva en sí misma el futuro del mundo. Esta es una maravillosa
afirmación que a los cristianos nos hace mirar
hacia delante con la alegría y la responsabilidad de mostrar a Dios a los
hombres, acompañando a toda la humanidad en esa travesía que casi siempre se
realiza en el desierto. Y ese camino no es fácil, supondrá a menudo
enfrentarse a los valores en alza y sólo tendremos
la certeza de no estar solos.
Y desde el principio se acerca a los jóvenes. Benedicto XVI quiere ofrecerles
su disponibilidad, porque son muchos los jóvenes esclavizados, cuya vida está
rota o vacía de sentido, son muchos los alejados de la Iglesia, que no
reconocen en nosotros un camino para su felicidad. A todos ellos y a todos los
hombres de buena voluntad se ha querido dirigir hoy Benedicto XVI.
Un inicio de pontificado
lleno de simbólicas novedades
El palio, el «Anillo del Pescador» y la visita al sepulcro de san Pedro
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 24 abril 2005 (ZENIT.org).- Los ritos de inicio del
pontificado de Benedicto XVI están llenos de simbólicas novedades, que no sólo
caracterizaron la misa solemne de este domingo, sino también otros gestos que
realizará en los próximos días.
Estos ritos fueron aprobados por el nuevo Papa pocas horas después de que el
Colegio de los cardenales le escogiera como sucesor número 264 del apóstol
Pedro.
La misa solemne de inicio de pontificado sustituye a la de coronación, abolida
en el Pontificado de Pablo VI (1963-1978). Benedicto XVI ha querido darle un
fuerte valor simbólico para resaltar la dimensión «petrina» (de Pedro) de su
ministerio.
Las misas de inicio de pontificado de Juan Pablo I y Juan Pablo II, en 1978, no
tenían una personalidad propia, eran más bien de carácter «sustitutivo».
Visita al sepulcro de san Pedro
Una de las novedades más significativas tuvieron lugar al inicio de la misa de
este domingo con la visita al «tropheum» apostólico, donde se encuentra el
sepulcro del primer obispo de Roma, bajo el baldaquino de la Basílica de San
Pedro.
En una rueda de prensa concedida este sábado en el Vaticano, monseñor Crispino
Valenziano, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas Pontíficias,
explicó el mensaje central de este gesto: Benedicto XVI no «ha sido elegido
sucesor de Juan Pablo II, sino de Pedro».
El liturgista del Pontificio Instituto Litúrgico San
Anselmo explicó que en el pasado, los Papas eran en ocasiones coronados ya
en la Capilla Sixtina, mientras que otros lo eran en la basílica.
Sin embargo, el Papa Benedicto XVI ha dado inicio solemne a su pontificado en
la plaza de San Pedro «pues es el lugar de martirio de Pedro», donde se
encontraba el circo romano de Nerón, explicó, y no por motivos logísticos.
Valenziano, que también es miembro de la Comisión Pontificia de Arqueología
Sacra, explicó que la misa de este domingo comenzó con una estación («statio»)
en el sepulcro de san Pedro para rezar para que «Pedro comience desde donde
está Pedro».
El Santo Padre, acompañado por los patriarcas orientales, bajó desde el Altar
de la Confesión de la Basílica de San Pedro hasta el llamado «tropheum», donde
está el sepulcro del primer Papa. En ese momento, dos diáconos recogieron los
dos símbolos que luego serían impuestos al Papa: el «Anillo del Pescador» y el
«palio», que permaneció junto a la tumba de Pedro toda la noche.
El palio
El palio del Benedicto XVI es diferente al de los últimos Papas pues asume la
forma del palio original, explicó Valenziano, quien es miembro de la Comisión
Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia.
Se trata de un antiguo símbolo episcopal tejido en lana pura, que los obispos
romanos llevan desde el siglo IV para simbolizar el yugo de Cristo que lleva
sobre sus hombros el «siervo de los siervos de Dios», como es conocido el Papa.
En esta ocasión, la novedad es que el modelo recuerda a los utilizados por la
iglesia en el primer milenio y se inspira en los mosaicos medievales de algunos
templos de Roma.
Mucho más grande que el utilizado por Juan Pablo II, recuerda las imágenes de
«Jesús, buen pastor», pues el Papa lo porta sobre los hombros, como si se
tratara de una «oveja perdida».
La representación simbólica del palio se completa con cinco cruces rojas, que
recuerdan las «llagas del Crucificado y unos alfileres, símbolo de los clavos».
El anillo
Ya desde el primer milenio el anillo es la insignia propia del obispo. También
en el caso del Papa Benedicto XVI se ha dado una novedad en este sentido: su
anillo lleva inciso el mismo tema que el «sello papal» de plomo, el que usa el
pontífice para sellar documentos.
Se trata de la imagen de San Pedro, la barca y las redes, y por este motivo se
llama el «Anillo del Pescador», pues el primer Papa fue aquel pescador que,
creyendo en la palabra de Jesús, echó su red fuera de la barca y pescó
milagrosamente una gran cantidad de peces.
El anillo corresponde a la medida 24 («me gusta 24, es el doble de 12») comentó
el nuevo Papa cuando lo probó por primera vez en referencia a los doce
apóstoles, y ha sido forjado por la Asociación de Orfebres Romanos, en concreto
por su vicepresidente, reveló monseñor Valenziano.
En la ceremonia, el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, vicedecano
del Colegio de los Cardenales, colocó el «Anillo del Pescador» en la mano
derecha de Benedicto XVI.
Rito de obediencia
En la celebración de este domingo ha cambiado también el rito de la obediencia,
protagonizado en el pasado sólo por los cardenales, que se arrodillaban ante el
nuevo Papa. En este domingo lo realizaron doce personas: tres cardenales, un
obispo, un sacerdote, un diácono, un religioso y una religiosa, un matrimonio y
dos jóvenes recién confirmados, provenientes de todos los continentes, en
representación de toda la Iglesia.
San Pablo Extramuros, enseguida
Otra de las novedades de este inicio de pontificado será la visita del Santo
Padre este lunes, un día después del inicio oficial del pontificado, a la basílica
de San Pablo Extramuros, donde se custodia la tumba de san Pablo.
El Papa ha querido visitarla inmediatamente, aclaró Valenziano, «para expresar
el lazo inseparable de la Iglesia de Roma con el apóstol Pablo. Pedro y Pablo
son los dos fundadores de la Iglesia de Roma».
Esta basílica, confiada por la Santa Sede a los benedictinos, es el templo en
el que todos los años concluye la Semana de Oración para la unidad de los
Cristianos, por lo que ha asumido un importante significado ecuménico.
La toma de posesión de San Juan de Letrán
El Papa tomará posesión de su cátedra («incatedratio»), la basílica de San Juan
de Letrán, catedral de la diócesis de Roma, el 7 de mayo.
En realidad, la catedral está dedicada a Cristo Salvador, sin embargo es
conocida con el nombre de san Juan de Letrán porque «tanto Juan Evangelista
como Juan Bautista indicaron al Salvador», puntualizó monseñor Valenziano.
En esta ocasión, y es otra novedad, durante «incatedratio» tendrá lugar «una
celebración al Espíritu santo, que infunde sabiduría». La celebración, en la
que el Papa se sentará por primera vez en su cátedra, «estará totalmente
dedicada al Espíritu Santo», aclaró.
Visita a Santa María la Mayor
Todavía no se ha publicado la fecha, pero la visita del Papa a la cuarta
basílica mayor de Roma (después de San Pedro en el Vaticano, San Pablo
Extramuros y San Juan de Letrán) no se hará esperar.
El Papa irá a Santa María la Mayor a saludar con la oración «Ave Maria Stella»
a María, salvadora del pueblo romano («salus populi romani»), imagen custodiada
en esta basílica.
Después de saludar a la imagen con las palabras del Evangelio, Benedicto XVI
pronunciará por primera vez una oración de Germano de Constaninopla, patriarca
oriental, dedicada a la protección de los ciudadanos y visitantes de la ciudad.
Y esta es otra novedad.
En el inicio solemne de
pontificado, el Papa llama a la unidad entre los cristianos
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 24 abril 2005 (ZENIT.org).- En la misa de inicio de
pontificado, este domingo resonó en la plaza de San Pedro un llamamiento a la
unidad perdida entre los cristianos, lanzada por Benedicto XVI.
Si bien en su primer mensaje como Papa, 20 de abril, desde la Capilla Sixtina ya
había ratificado su compromiso ecuménico, el nuevo Papa volvió a dedicar un
pasaje de su homilía a la unidad.
«¡Ay de mí, Señor amado!», exclamó el Papa Joseph Ratzinger, «ahora la red» del
cristianismo «se ha roto, quisiéramos decir doloridos».
«Pero no, ¡no debemos estar tristes! --invitó-- Alegrémonos por tu promesa que
no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad
que tú has prometido».
«Hagamos memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate
de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No
permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!»,
añadió.
Escucharon las palabras del Papa representantes de las Iglesias y comunidades
cristianas que participaron en la celebración eucarística.
Entre los numerosos representantes de las Iglesias ortodoxas se encontraba el
metropolitano de Éfeso del Patriarcado de Constantinopla, Chrysostomos, y por
en representación del Patriarcado de Moscú el metropolitano de Smolensk y
Kaliningrado, Kirill.
La comunión anglicana estaba representada por el primado Rowan Williams,
arzobispode Canterbury. Había también representantes metodistas, luteranos,
pentecostales…
ZS05042408
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López Trujillo: “lo que se ha hecho en España y además con una
mayoría bastante reducida, es la destrucción de la familia ladrillo tras
ladrillo” |
22/04/2005 11:12 |
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El Presidente del Pontificio Consejo para la Familia expresa que
la ley es “inhumana” y fruto de “una extraña idea de modernidad” |
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Roma (Italia) |
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CONCAPA afirma que al dar vía libre al "matrimonio" homosexual,
Zapatero demuestra "el desprecio absoluto a las mayorías que no piensan
como él" |
22/04/2005 19:30 |
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La Confederación de padre católicos estudia emprender
"acciones de mayor ámbito social" |
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Madrid |
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Homosexualidad: yo tenía razón
Por
Jorge TRIAS SAGNIER/
A mí me
parece increíble que un grupo tan minoritario de
personas, como esos que abanderan los colectivos de militancia
homosexual, impongan sus criterios a la inmensa
mayoría de la sociedad. Ni podía hablarse de discriminación por
razón de sexo pues la homosexualidad no se trata de un nuevo sexo; ni mucho
menos de demanda social, ya que la nueva y absurda regulación del matrimonio es
algo que casi nadie pedía. El Partido Socialista quedó atrapado, como en tantas
otras cosas, en un discurso político que estaba
pensado para movilizar al griterío, pero no para gobernar. Las
consecuencias que esta modificación legislativa va a tener en la sociedad
pueden ser incalculables, sobre todo para la credibilidad de Zapatero. Ninguna persona sensata, sean cuales sean sus creencias, puede
aceptar una barbaridad de este calibre.
Perdonen la inmodestia por el título de esta columna, pero en la VI legislatura
(1996-2000) yo era diputado del Partido Popular y portavoz de esa formación en
la Comisión Constitucional y propuse una medida legislativa para paliar las
situaciones injustas que se producían en determinadas uniones de hecho, homo o
heterosexuales. Recuerdo que, entre otros, utilicé el antecedente legislativo
del derecho francés y concretamente la propuesta socialista del denominado
«Contrato de Unión Civil». Recabé la opinión de todos los grupos militantes y
hablé con muchas personas que vivían en esa situación. Llegamos a la
conclusión, apoyada sin reservas por Aznar y por todo el grupo popular, a
excepción de la inefable Villalobos, de que esa era una buena solución.
Socialistas y comunistas -la Esquerra prácticamente no existía entonces- se
opusieron por motivos políticos. Exactamente igual que los grupos militantes de
homosexuales. Por nada más. Lo de los derechos, y el intento de remediar
situaciones injustas y discriminatorias, les importaba muy poco. Mejor dicho:
les importaba un bledo. De lo que se trataba era de visualizar que los
populares éramos «homófobos» y el proyecto, una
solución liberal y aceptable para toda la sociedad, creyente y no creyente,
naufragó. Cuando el PP obtuvo la mayoría absoluta -yo ya no era
diputado- cometió el error de aparcar la cuestión. Y
ahora los socialistas han perpetrado este solemne disparate jurídico, moral y
social.
Diga lo que diga la vicepresidenta, los cristianos, cualquiera que sea su
confesión, y los judíos, si son creyentes, no sólo
pueden sino que deben negarse a celebrar este tipo de bodas esperpénticas por
motivos de conciencia. En el caso de los católicos esa negativa es
obligada y viene determinada por la Nota Doctrinal sobre las cuestiones
relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública
firmada por el entonces cardenal Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II el 24
de noviembre de 2002. Los católicos socialistas deberían repasar esa Nota.
Discurso
del Papa Benedicto XVI a los comunicadores
CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 24 abril 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que
pronunció este sábado el Papa Benedicto XVI al recibir en audiencia a unos
5.000 representantes de los medios de comunicación en la Sala Pablo VI del
Vaticano.
* * *
¡Ilustres señores, gentiles señoras!
1. Me encuentro con vosotros con mucho gusto y os saludo periodistas,
fotógrafos, operadores televisivos y a cuantos, de diferentes maneras,
pertenecéis al mundo de la comunicación. Gracias por vuestra visita y
particularmente por el servicio que habéis ofrecido en estos días a la Santa
Sede y a la Iglesia católica. Dirijo un cordial saludo a monseñor John Patrick
Foley, presidente del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, y le
doy las gracias por las palabras que me ha dirigido en nombre de los presentes.
Se puede decir que, gracias a vuestro trabajo, durante varias semanas, la
atención de todo el mundo ha permanecido fija sobre la basílica, la plaza de
San Pedro y el Palacio Apostólico, en el que mi predecesor, el inolvidable Papa
Juan Pablo II cerró serenamente su existencia terrena, y donde, a continuación,
en la Capilla Sextina, los señores cardenales me eligieron como su sucesor.
2. Gracias a todos vosotros, estos acontecimientos eclesiales de importancia
histórica han tenido también una cobertura mundial. Sé muy bien cuánto esfuerzo
ha supuesto para vosotros, obligados a estar lejos de vuestra familia y de
vuestros hogares, trabajando con horarios prolongados y en condiciones a veces
difíciles. Soy consciente de la competencia y la dedicación con que habéis
llevado a cabo esta exigente tarea. Quiero daros las gracias por todo
personalmente y, en especial, en nombre de los católicos que viviendo en países
muy distantes de Roma, han podido compartir estos momentos emocionantes de fe
en tiempo real. ¡Las posibilidades que nos ofrecen los modernos medios de
comunicación son realmente maravillosas y extraordinarias!
El Concilio Vaticano II habló de las grandes potencialidades de los medios de
comunicación. De hecho, los padres conciliares dedicaron su primer documento a
este tema y dijeron que los medios de comunicación «por su naturaleza, pueden
llegar no sólo a los individuos, sino también a las multitudes y a toda la
sociedad humana» («Inter
mirifica», 1). Desde el 4 de diciembre de 1963, cuando el decreto «Inter
mirifica» fue promulgado, la humanidad ha sido testigo de una extraordinaria
revolución mediática, que afecta a cada uno de los aspectos de las vida humana.
3. Consciente de su misión y de la importancia de los medios de
comunicación, la Iglesia ha promovido la colaboración con el mundo de la
comunicación social, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. Sin duda,
el Papa Juan Pablo II ha sido un gran artífice de este diálogo abierto y
sincero, manteniendo durante más de 26 años de pontificado relaciones
constantes y fecundas con vosotros, que estáis comprometidos en las
comunicaciones sociales. Quiso dirigir uno de sus últimos documentos a los
responsables de las comunicaciones sociales, la carta apostólica del 24 de
enero en la que recuerda que vivimos en la «época de comunicación global, en la
que muchos momentos de la existencia humana se articulan a través de procesos
mediáticos, o por lo menos, con ellos se deben confrontar» («El
rápido desarrollo», n. 3).
Deseo continuar este diálogo fecundo y comparto lo que decía el Papa Juan Pablo
II sobre el hecho de que el «fenómeno actual de las comunicaciones sociales
estimula a la Iglesia hacia una especie de revisión pastoral y cultural que le
haga capaz de afrontar, de manera adecuada, el cambio de época que estamos
viviendo» (ibídem, n. 8).
4. Para que los medios de comunicación social puedan ofrecer un servicio
positivo al bien común, es necesario la aportación responsable de todos y de
cada uno. Es necesaria una comprensión cada vez mayor de las perspectivas y de
las responsabilidades que comporta su desarrollo ante las repercusiones que
tienen para la conciencia y la mentalidad de los individuos, así como para la
formación de la opinión pública. No se puede dejar de resaltar la necesidad de
referirse claramente a la responsabilidad ética de los que trabajan en ese
sector, especialmente en lo que respecta a la búsqueda sincera de la verdad y
la salvaguardia de la centralidad y de la dignidad de la persona. Sólo con
estas condiciones los medios de comunicación pueden responder al designio de
Dios que les ha puesto a nuestra disposición «para descubrir, usar, dar a
conocer la verdad, incluso la verdad sobre nuestra dignidad y nuestro destino
de hijos suyos, herederos del Reino eterno» (ibídem, 14).
5. Ilustres señores, gentiles señoras: os doy de nuevo las gracias por el
importante servicio que ofrecéis a la sociedad. Que llegue a cada uno mi
cordial aprecio, asegurando un recuerdo en mi oración por todas vuestras intenciones.
Extiendo mi saludo a vuestras familias y a quienes forman parte de vuestras
comunidades de trabajo. Por intercesión de la celestial Madre de Dios, invoco
abundantes dones de Dios para cada uno de vosotros, en prenda de los cuales os
imparto a todos bendición.
[Traducción del original en varios idiomas realizada por Zenit]
ZS05042403
ABC 24-4-05
RATZINGER
por
OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL./
EL nuevo
Papa, ¿quién es y de dónde viene? A la primera pregunta ha dado él mismo
respuesta al presentarse ante la multitud por primera vez: «Un humilde operario
en la viña del Señor». Se sitúa así como un creyente más en el seguimiento de
Cristo y como un obispo más de Roma «después del gran Papa Juan Pablo II». No
era una fórmula trivial sino muy precisa y pensada. Más allá de esquemas
tópicos, de altisonancia o trivialización maligna, Ratzinger se ha sabido
siempre encargado con una tarea y se ha mantenido fiel a ella. La ha querido
cumplir en atenimiento a sus exigencias internas y sin guiñar los ojos a los
ídolos circundantes. Un trabajador, un profesional en la «humilde verdad» de
cada día (digamos con el título de la novela de G. Martínez Sierra), porque
ella es nuestro sostén y nuestra gloria.
Las estaciones fundamentales de su vida son, además de la familia, la
Universidad alemana, el breve paso por la diócesis de Múnich y su
responsabilidad como prefecto de la Congregación de la fe. Si de esas cuatro yo
tuviera que elegir una como troqueladora de su personalidad, a la luz de la
cual hay que entender su trayectoria, elijo la Universidad, como ámbito de
búsqueda, discernimiento, acreditación y universalización tanto de la verdad
como de la fe. Múnich fue su cuna universitaria en un momento en que se
concentraban en ella los mejores teólogos, exegetas e historiadores, los que
habían crecido en ella y los que a ella llegaron arrojados de la zona alemana
oriental. Media docena de profesores de Breslau se integraron en Múnich.
Schmaus, Söhngen, Mörsdorff, Maier, Pascher... formaban aquella generación de
grandes maestros que recogieron y repensaron la aportación de la teología
protestante de K. Barth y E. Brunner y de la teología litúrgica con su cima en
Odo Casel. Allí creció su pasión por la historia y la patrística, su encuentro
primero con San Agustín y luego con la teología medieval de Santo Tomás y San
Buenaventura.
Esta formación universitaria le pone en cabeza de la nueva teología católica,
pasando por varias universidades alemanas: Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona.
En 1968, después de la gran marejada de las conciencias que supusieron los
movimientos universitarios, la acometida radical del marxismo por conferir un
alma nueva a Europa y a la humanidad, y la recepción crítica postconciliar,
Ratzinger escribe la que sigue siendo su mejor obra: «Introducción al
cristianismo», en innumerables ediciones hoy y traducido a múltiples lenguas,
que tuve el gozo de prologar en la edición española de 1969. La cuestión que
guía y sostiene el libro es la del contenido y sentido de la fe cristiana, en
la medida en que supone una revelación divina, ofrece una verdad nutricia para
la existencia humana, se prolonga actualizada en la Iglesia, y abre a una
promesa-esperanza de eternidad.
Esa cuestión, abierta como una sima devoradora y prometida como una cima ensalzadora,
es la que sigue estando planteada y a debate. El cristianismo, ¿tiene y
confiere verdad, o es una manera mítica e ingenua de decir la realidad, de la
que en el fondo sólo sabrían la ciencia que analiza estructuras, la economía
que organiza la producción y la política que ejerce el poder? La verdad, ¿no es
el fundamento de la relación humana entre los hombres, la condición de que el
pluralismo tenga una coherencia y de que pueda ser aceptado como algo más que
tolerancia hasta la recuperación de la propia victoria? La universalidad de lo
humano, ¿desde dónde se descubre, conjuga sus diferencias e integra su
complementaridad? Las culturas y religiones, ¿tienen en el plan de Dios un eje
de coordinación de forma que podamos decir con verdad que la humanidad es una
realmente, que es posible la comunicación verdadera y que hay fundamento para
decir que somos hermanos y por ello responsables unos de otros? Y sobre ese
horizonte de cuestiones, ¿qué lugar ocupa Cristo en la secuencia de los hombres
que han dado la talla de lo humano desde Buda y Confucio en un sentido,
Sócrates, San Agustín y Kant en otro? La fe, ¿ es una manera fácil y arbitraria
de realizar la humanidad o es la razonable y plenificadora salida del hombre
tendiendo en libertad hacia la añorada fuente que le origina, la plenitud que
necesita y el Infinito que le espera?
Esa humilde pasión por la verdad, que nos funda y desborda, guía y llama, de la
cual somos pobres pero gloriosos servidores, toma una característica nueva para
Ratzinger cuando es elegido obispo. Su lema episcopal «Cooperadores de la
verdad» (3Jn 8) quiere mantener la continuidad: el teólogo sirve a la verdad
desde una atalaya y el obispo desde otra. Sirven a la misma verdad de la
revelación divina ordenada a la inteligencia, la voluntad, el corazón y las
manos del hombre, para convertirse en su iluminación, redención y divinización.
Teólogos y obispos no caminan por vías paralelas, sino que desde distintas
perspectivas y con distintos métodos sirven a la misma verdad revelada, que nos
hace libres.
Este lema instaura la conexión con el lema del pensamiento filosófico
occidental: «vitam impendere vero» (arriesgar la vida por la verdad), desde
Juvenal que lo formuló hasta Descartes y Rousseau, que lo inscribieron como
exergo de sus obras. La frase habla de búsqueda en riesgo y de entrega en
arriesgo de la verdad y la vida. ¿No fue ése el corazón de la novela española
de comienzos del siglo XX desde Unamuno hasta Baroja? Ésa es la tensión eterna
entre la verdad y la vida, vigente hoy día también. ¿Son la realidad fundante,
el sentido, la esperanza, la justicia, el prójimo lo que nos sostiene humanos o
lo son el poder, el placer el olvido del futuro, la disolución de la identidad
subjetiva en los procesos, la pérdida de la persona en el personaje o en el
papel que tenemos que cumplir?
Ratzinger ha rescatado la comprensión dramática de la verdad que domina el
evangelio de San Juan: la lucha de las tinieblas por entenebrecer la verdad y
la acreditación de ésta en el mundo incluso por el martirio. El Evangelio ha
encontrado siempre acogida y adhesión pero a la vez rechazo y acoso. Ya desde
el comienzo Roma y el Imperio le plantaron ante la alternativa: con nosotros o
contra nosotros. A ellos los siguieron el gnosticismo, al que responde San Ireneo,
el maniqueísmo y pelagianismo a los que responde San Agustín, las corrientes
naturalistas en la Edad Media, una Ilustración atea o acristiana. Unos y otros
le han seguido plantando cara: con nosotros o contra nosotros. Hoy mismo una
modernidad, salvaje en algunos casos, sólo reclama de la Iglesia que legitime,
apoye y se una a sus propuestas. La Iglesia debe colaborar con la sociedad,
pero si se dejara subyugar, sería una inmensa pérdida para la humanidad. La sal
se habría disuelto, vuelto insípida para dar sabor e incapaz para garantizar
permanencia a nada ni a nadie.
Ratzinger ha tenido una difícil tarea en un difícil momento histórico. La
clarificación fundamental de la fe católica, que él ha mantenido en alto, deber
seguir siendo matizada y complementada. Haber identificado errores o herejías
no es un deshonor sino un bello servicio. San Jerónimo, como gran elogio, decía
de San Agustín: «Has creado una expresión nueva al cristianismo en la cultura
romana, y lo que es más: te detestan todos los herejes».
Sabemos cómo ha sido el Ratzinger teólogo y prefecto de la Congregación para
promover y defender la fe. No sabemos cómo será Ratzinger Papa. El hombre
configura la misión asumida. Pero la misión asumida configura al hombre. Otra
responsabilidad y otro horizonte de Iglesia y del mundo ensancharán su mirada,
sus decisiones y su magnanimidad. Él ha mirado no sólo a las ideas sino también
a los hombres. En momento crítico escribió: «Del concepto de revelación forma
parte siempre el sujeto receptor. Donde nadie percibe la revelación, allí no se
ha producido ninguna revelación porque allí nada se ha desvelado. La idea misma
de revelación implica un alguien que entre en su posesión». Velar para que esa
revelación de Cristo sea oída y percibida como gloria y juicio del hombre,
crearle un lenguaje, instituciones y presencias nuevas, es su gran tarea.
Esto es algo que él mismo ha formulado en algunos de sus grandes libros. Los
tres últimos llevan títulos significativos: «Fe, verdad y tolerancia», «La
fe como camino», «En camino hacia Jesucristo». Ésa es la actitud
intelectual que ha guiado hasta ahora al nuevo Papa y en tal luz abrirá caminos
espirituales, orientaciones pastorales e iniciativas a la Iglesia, a la vez que
a todos los hombres que admiraron a Juan Pablo II por su coraje al plantear las
cuestiones humanas de fondo que en Europa ya casi sólo la Iglesia se atreve a
proferir públicamente, esa Europa que forjó San Benito con el cultivo, la
cultura y el culto. En continuidad con él a la vez que con Edith Stein (en
religión sor Benedicta), se ha situado el nuevo Papa.